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miércoles, 13 de febrero de 2013

Despertar

   Una suave brisa meció las cortinas de la habitación. Se oía muy débilmente el sonido del mar y el cantar de los pájaros. 
   –¿Estás mejor? 
   Lo primero que logró ver fue el rostro de una mujer mayor, de unos cincuenta y tantos años probablemente. 
   –Sí... -dijo el chico, incorporándose. De pronto se dio cuenta de que se encontraba en una cama... en una de las camas de la enfermería. 
   –Tienes que cuidarte más. -al fin, el chico pudo reconocer a la persona que se dirigía a él; se trataba de la Doctora Kadowaki-. Pero ya tienes mejor aspecto. Mm... Pupilas normales... A ver, ¿cómo te llamas?
   –Squall... Leonhart. -logró decir, confuso. 
   La Dra. Kadowaki asintió, cruzándose de brazos, y después adoptó una actitud más seria.
   –La próxima vez no os lo toméis tan en serio. -le reprendió-. Podríais haceros mucho más daño. 
   –Eso dígaselo a Seifer. -le espetó Squall, llevándose la mano a su frente; descubrió entonces que estaba vendada. 
   –Ese Seifer... es incorregible. -se quedó por un momento pensativa-. ¡No le hagas caso! 
   –No puedo andar siempre huyendo de él. -probablemente aquella era la conversación más larga que mantenía en... ¿años? 
   –Quieres ser un tipo duro, ¿eh? Está bien, pero no exageres.
   Mucha gente iba a ver a la Dra. Kadowaki por su simpatía y su habilidad para aconsejar a los más desamparados. Pero Squall no necesitaba nada de eso. Él no necesitaba a nadie.
   –Bueno. Tu instructora era... -permaneció pensativa durante unos segundos, tal vez esperando que Squall la ayudase-. Ah, sí. Quistis Trepe, ¿verdad? Espera un momento, ahora la aviso. 
   La doctora se marchó e inmediatamente tomó el teléfono para avisar a la instructora Trepe. 
   Squall, a su vez, dejó caer de nuevo la cabeza sobre la almohada. Ni siquiera tenía ganas de discutirle a aquella mujer que no necesitaba a su instructora. ¿Para qué se suponía que la necesitaba? 
   –¿Quistis? ¿Puedes venir a recoger a uno de tus alumnos? -hizo una breve pausa-. Sí, sí... La herida no es grave, pero le quedará una buena cicatriz... Exacto, ven en cuanto puedas. 
   Squall descansó durante un rato más en la enfermería. Estaba completamente amodorrado, sumido en sus pensamientos, cuando de pronto, una voz le hizo volverse. A su derecha, junto a una enorme ventana que dejaba ver la consulta, se encontraba una chica, seguramente poco mayor que él. Tenía el pelo corto, e iba ataviada con una camiseta azul de tirantes, una falda larga de color claro, y un fular verde muy llamativo. Su rostro le era extrañamente familiar... 
   –Squall, volvemos a vernos... 
   Y tan pronto como apareció allí, volvió a marcharse. 
   Casi de inmediato, se oyó el sonido de las puertas automáticas al abrirse, y seguido, el sonido de unos tacones. 
   Squall se incorporó ligeramente para asegurarse de quién había entrado en la enfermería. Tal vez la chica misteriosa había vuelto... Sin embargo, sus suposiciones se vinieron abajo cuando Quistis Trepe, su instructora, apareció frente a su habitación. 


   Si bien a Squall le era indiferente su instructora, no lo era para el resto de sus compañeros. Quistis había logrado alcanzar el rango de SeeD con tan solo quince años, y había llegado a ser instructora con diecisiete, algo realmente inusual. Era seria, muy respetuosa con las normas, pero a veces también simpática y abierta con la gente. Además, también era realmente guapa... Por esto, su juventud (dieciocho años) y demás cualidades, muchos de sus alumnos estaban enamorados de ella. Incluso habían formado un club de fans. Las mujeres también la admiraban y la tenían como modelo a seguir. 
   La instructora entró, muy resuelta, y se inclinó sobre Squall, que, a pesar de haberla visto, se había decidido por ignorarla. 
    –¡Hay que ver..! Estaba segura de que se trataba de ti o de Seifer. -su alumno se incorporó y se hizo un poco el remolón; aún le dolía la cabeza-. ¡Vamos ya! Hoy tienes el examen práctico. 


miércoles, 6 de febrero de 2013

La cicatriz

Estaré aquí...

¿Por qué..?

Estaré esperando... aquí... 

¿Para qué?

Estaré esperándote... a ti... para...
Si vienes aquí... Me encontrarás. Lo prometo. 

   Un relámpago iluminó todo el cielo y la lluvia cayó sobre nosotros. Estábamos solos en aquel páramo, y el cielo oscuro se cernía sobre nosotros como el aguacero.
   Seifer alzó su sable-pistola y esbozó una sonrisa de triunfo a la par que me miraba desafiante. Tan solo hacía unos segundos que había mandado mi propio sable-pistola directo al cielo, haciendo que a su caída se clavase en el rocoso suelo.


    Extraje mi arma del empedrado terreno sin apenas esfuerzo, y arremetí contra él. 
   Seifer consiguió apartarse y asestarme otra estocada que yo frené. Hice una finta y nuestros sables-pistola volvieron a chocar estrepitosamente. Durante un segundo creí haberle desorientado, pero cuando me dispuse a atacarle, fue él quien logró esquivarme haciéndome perder un poco el equilibrio. Cuando me volví para mirarle, Seifer Almasy se había llevado su sable al hombro y había estirado su otro brazo para hacerme señas de que me acercase. Volvió a esbozar aquella sonrisa de triunfo, como si ya supiese que la victoria sería suya.



   Seguimos combatiendo con nuestras armas. Le asesté un golpe con energía y él luchó por mantener mi espada lejos de su rostro. Logró echarme atrás, por lo que reanudamos el combate. En una de éstas, yo tuve que agacharme para esquivar un poderoso mandoble. 
   Se acercaba el final de nuestro enfrentamiento.
   Corrí hacia él, armándome con toda la energía que me quedaba, empuñando mi sable-pistola y llevando el dedo al gatillo de la misma. Pero Seifer actuó más rápido. Extendió su mano y lanzó un ataque mágico hacia mí. La magia Piro, por suerte, no logró darme a mí, sino a mi espada, que frenó el ataque pero me lanzó al suelo. Rodeado de humo y cenizas, traté de levantarme. Cuando alcé la vista, me encontré con una imagen perturbadora: Seifer había alzado su arma y se disponía a asestarme un poderoso mandoble. Lo más turbador de aquella imagen, es que él sonreía con malicia. 
   Tardé un par de segundos en percatarme de que su ataque ya había cesado. Me había quedado en shock. Al poco, noté cómo me ardía la cara. Un dolor terrible se había apoderado de toda mi cabeza, y un ardor me recorría la frente, la nariz y parte de la mejilla. Noté un sabor metálico. Por mi labio caía sangre. 
   Llevado por la rabia, me armé de nuevo con mi sable-pistola, y efectué el mismo corte en el rostro de Seifer. Sin duda, él no se esperaba aquel contraataque.

Después, todo se volvió blanco.